El debut de Matthieu Blazy en la Alta Costura de Chanel no busca explicar la maison, la siente. No hay nostalgia ni exceso de archivo. Hay una intuición clara: la costura como lenguaje emocional, como extensión del cuerpo y no como monumento.
La colección se construye desde la ligereza. No solo física, también simbólica. El traje Chanel, ese emblema tantas veces revisitado, aparece casi desmaterializado. Transparencias, capas de muselina de seda y tonos suaves lo convierten en una presencia más cercana a la memoria que a la estructura. Es Chanel, pero sin rigidez. Es reconocimiento, no repetición.



Blazy introduce pequeños gestos íntimos que funcionan como anclas emocionales. Objetos cotidianos, una carta, un perfume, un labial, aparecen bordados o escondidos en forros y bolsillos. No son adornos. Son fragmentos de vida que convierten a la prenda en algo vivido antes de ser mostrado.
A mitad del desfile, la narrativa cambia. El cuerpo se transforma y la colección despliega su metáfora central: las aves. No como fantasía literal, sino como estado. Las siluetas se expanden, se pliegan, se superponen. El trabajo artesanal de los ateliers y de le19M construye superficies que sugieren plumajes sin recurrir a ellos. Todo se apoya en el movimiento, en la sensación de aire, en la idea de libertad.



El color acompaña ese tránsito. Del negro profundo y contenido, a tonos que recuerdan especies reales y imaginadas. No hay jerarquías. Aves domésticas y exóticas conviven en un mismo ecosistema visual, como si todas compartieran el mismo impulso de escape.
El escenario refuerza esa atmósfera suspendida. Un bosque irreal, casi detenido en el tiempo, sirve de refugio para esta bandada efímera. Las figuras aparecen, se observan y desaparecen sin un cierre evidente. Como si la colección se negara a ser capturada por completo.



En su primera Alta Costura para Chanel, Matthieu Blazy no redefine los códigos, los libera. La maison no se presenta como herencia pesada, sino como materia viva. La Alta Costura deja de ser un objeto para admirar y se convierte en una experiencia que se siente, se mueve y finalmente se escapa.










