Hace más de dos décadas, Yamina Estrella y Javier Colina llegaron desde Punto Fijo, Venezuela, buscando una oportunidad. Hoy celebran siete años de La Pulpería junto a sus hijos Javier, José y Carlos, una familia que encontró en Panamá un hogar y en la gastronomía una forma de reunir personas, historias y emociones.
Por Ángel Masegosa
Esta noche, La Pulpería celebra siete años.

Siete años que hablan de mucho más que gastronomía. Hablan de valentía. De empezar de nuevo. De una familia que dejó atrás su ciudad natal para construir una nueva vida en Panamá y que, con trabajo, perseverancia y una enorme pasión por la hospitalidad, logró convertir un sueño en uno de los conceptos gastronómicos más queridos del país.

La historia comienza en Punto Fijo, en el estado Falcón, Venezuela.
Desde allí llegaron Yamina Estrella y Javier Colina hace más de dos décadas, acompañados por la ilusión de ofrecer un mejor futuro a sus hijos. Como tantas familias migrantes, tuvieron que abrirse camino paso a paso. Antes de los restaurantes hubo otros emprendimientos, largas jornadas de trabajo y años de aprendizaje.

Pero también hubo una certeza: la familia siempre sería el centro de todo.

Con el tiempo, Yamina, Javier y sus hijos Javier, José y Carlos fueron construyendo juntos un proyecto que terminaría transformando sus vidas.
La inspiración llegó desde la historia misma de América Latina.
Las antiguas pulperías eran mucho más que pequeños comercios. Eran lugares que abastecían a las comunidades, donde la gente compraba alimentos, compartía noticias, conversaba con los vecinos y fortalecía los vínculos de cada barrio. Eran espacios llenos de vida.
Y eso fue precisamente lo que los Colina quisieron rescatar.
No crear simplemente un restaurante.
Crear un lugar donde la gente quisiera quedarse.
Donde una comida pudiera convertirse en una celebración.
Donde una reunión de trabajo terminara siendo una amistad.
Donde los clientes regresaran una y otra vez porque se sentían parte de algo.
Siete años después, La Pulpería ha logrado exactamente eso.

Con sus locales en Casco Antiguo y San Francisco, se ha convertido en uno de esos lugares que forman parte de la vida de muchas personas. Un espacio donde la creatividad gastronómica, la coctelería de autor y la calidez en el servicio conviven de manera natural.

Pero la historia no termina allí.
Porque estos siete años también representan crecimiento.
Representan nuevos desafíos.
Y representan nuevas apuestas.
Una de ellas es La Estrella, un proyecto que lleva con orgullo el apellido de Yamina y que simboliza una nueva etapa para la familia. Ubicado en una de las esquinas más emblemáticas del Casco Antiguo, donde San Felipe parece abrazar a Santa Ana, a pocos pasos del histórico Teatro Amador, La Estrella es mucho más que un nuevo negocio.

Es una declaración de amor al Casco.

A su historia. A sus calles. A esa magia que hace que cada esquina tenga algo que contar.
Y quizás por eso resulta tan fácil emocionarse al hablar de esta familia. Porque detrás de cada local, de cada plato y de cada proyecto existe una historia real.
La historia de unos padres que apostaron por un nuevo país.
La historia de unos hijos que crecieron viendo cómo los sueños se construyen trabajando.
Y la historia de una familia que nunca dejó de creer.
Hace más de cuatro años conocí La Pulpería cuando me mudé temporalmente al Casco Antiguo por un proyecto profesional.
Lo que comenzó como una visita casual terminó convirtiéndose en una costumbre.
Por sus mejillones únicos que no envidian a ningunos moules frites en Francia, por los chupetones, por esas contundentes quesadillas, por las ya reconocidas carnitas al palo, por el bendito y amado pulpito… una y mil veces, felicidades.



Por esos after hours que ya son parte de la rutina de muchos. Pero sobre todo por algo mucho más difícil de encontrar, la sensación de estar en un lugar donde las cosas se hacen con cariño.
Esta noche se celebran siete años de La Pulpería.
Pero también se celebra a Yamina, Javier, Javier, José y Carlos.
Se celebra una historia de familia.
Una historia de gratitud.
Una historia de Panamá.
Y una historia que demuestra que cuando se trabaja con pasión, las raíces nunca se olvidan, pero los sueños siempre encuentran dónde florecer.
Felices siete años, La Pulpería.
Y que vengan muchos más.










